Liberado de todo estrés, tras haber pasado las pruebas de acceso a la universidad satisfactoriamente, esperaba a Verónica y Carolina apoyado en una barandilla, de cara a un parquecillo. Un hombre mayor, de unos setenta u ochenta años, frente a mí, sentado en un banco, leía el periódico. La zona era uno de los puntos comerciales más vivos de la ciudad, por la que mujeres enfrascadas en sus compras, oficinistas, y niños volvían del trabajo y del colegio, transitando ajetreadamente de un lado a otro.
Un olor a orín húmedo se coló por mis fosas nasales. Frente a mí, el banco de madera sobre el que estaba sentado el hombre goteaba empapado. Se había hecho pis encima.
Instintivamente se levantó, derramando la orina a lo largo de la pernera de su pantalón, hasta los zapatos. Intentaba cubrirse con el periódico, para disimular así su vergüenza. La gente se arremolinaba a su lado, mirando y cuchicheando. Se apoyaba en la pared de una tienda contigua, arrastrándose por su pared en la huída y marcándola con la humedad de su pantalón.
Deseé poder haberle ayudado. Antes de que llegasen mis amigas el hombre me miró fijamente a los ojos. Los bajó a sus pantalones mojados y de nuevo volvió a mirarme. De entre sus labios escapó una leve voz: lo siento, susurró.
martes 13 de mayo de 2008
Orina
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Etiquetas: general, reflexiones
lunes 28 de abril de 2008
Trilogía
Camino desde el metro en dirección a casa de Sergio. Frente a mí una niña de unos nueve años pelea contra otros tres chicos de su misma edad. Les sigo a lo largo de la calle hasta que llegamos al bar de la esquina, de donde asoma un niño de unos cinco años, y susurrando le dice a la niña: mi hermano está por tí. La niña se lleva la mano al pecho, en sentido al corazón, entreabre los labios y suspira.
Vuelvo a casa de mi abuela en el metro, desde Arganda. En los asientos que quedan a mi lado se sientan dos chicos y una chica, todos de unos dieciséis años. La chica, entre risas, les cuenta como su novio ha terminado con ella. Me dijo que me quería demasiado. Giro la cabeza y pierdo la vista en el reflejo de los tres contra el cristal, que se solapa con el paisaje desdibujado por la velocidad del tren.
En un banco de Recoletos espero a que llegue Sergio, sentado. Le recibo con una sonrisa. Se sienta a mi lado, y choca su hombro contra el mío. Tengo algo para tí, me dice, y sobre mis manos posa una carta, escrita de su puño y letra. Y la carta dice así:
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Etiquetas: amor, reflexiones
jueves 24 de abril de 2008
Maricones
La primera vez que nos llamaron maricones fue en los bancos que quedaban tras las casetas de la feria del libro antiguo, en Recoletos. Por aquellos días nos pasábamos allí las horas muertas, hablando, leyendo, escuchando música, besándonos. Aquel lugar se convirtió en nuestro refugio, y cada tarde de sábado, o cada mañana que decidíamos faltar a clase en la facultad, nos dirigíamos allí, para poder estar tranquilos. Fue la irrupción de La palabra la que rasgo nuestro equilibrio, y la que hizo que la magia que aquel lugar común tenía para nosotros se desvaneciese. Hay quien dice que es fácil hoy en día, para una pareja homosexual, pasearse de la mano o darse un beso en público. Los que lo dicen, supongo, que se han besado o han cogido de la mano a poca gente de su mismo sexo. La palabra siempre está ahí, mordiendo como un perro rabioso. Se puede ver sus fauces abiertas en la mueca de asco del que sale. Su mirada de odio en la del que mira con desprecio.
Y es que La palabra tiene la propiedad intrínseca de convertirse en una violenta hostia estampada contra la cara.
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Etiquetas: general, reflexiones
sábado 19 de abril de 2008
Atardecer desde la Concha
Merche y Armando disfrutaban de unas románticas vacaciones en San Sebastián. Habían alquilado un coche a su llegada al aeropuerto, y desde entonces se dedicaban a recorrerse el Paseo de la Concha de cabo a rabo cada tarde. Se quedaban dentro del coche hasta que cada atardecer el cielo se teñía de rosa y el océano adquiría una tonalidad verdeazulada, para después volver a su hotel, que se encontraba en la Calle del Alto de Zorroaga, a hacer el amor apasionadamente. Concentrados se encontraban en esta tarea de ver oscurecerse el cielo desde el interior del verlingo mientras se ponían a tono, cuando ésta se vió interrumpida por la visión de una mujer que, frente a ellos, paseaba con un chihuahueño metido en un carricoche de bebé. Merche fue la primera en darse cuenta, quien sorprendida por tan excéntrica visión golpeó a Armando en el hombro para que no se perdiese a la singular pareja. Tras la mujer del carricoche circulaba una peruana enjoyada, que con la espalda bien erguida y una sonrisa de oreja a oreja, guiaba a su caniche a través del paso de cebra. El caniche, al ver pasar al otro perro metido en el carricoche, no pudo evitar quedarse pasmado mirando, y fue justo en ese momento cuando el semáforo se puso de nuevo rojo y fue atropellado. La peruana, al escuchar el golpe que el pobre animal dió contra el parachoques del coche (y que no era el de Armando y Merche, sino el de una rubia oxigenada que se echaba las manos a la cara horrorizada), corrió hacia el perro, que yacía sobre el suelo. Lo sostuvo entre sus brazos, examinándole hoscamente, y después lo dejó caer con un golpe seco. ¡¡¡Me lo matóooooooooooo!!! y salió corriendo en dirección a la otra mujer, a quien agarró por los hombros y comenzó a sacudir en todas direcciones. ¡Me lo mató, desalmada, me lo mató!. El chihuaha perdió los nervios y comenzó a ladrar a la peruana desde el interior del carrito de bebé, y la rubia teñida que había atropellado al caniche se tiraba del pelo mientras lloraba y gritaba histérica.
Merche y Armando observaban todo esto petrificados y con la boca abierta. ¡¡¡Por favor, sácame de aquí!!! Armando puso el coche en marcha y arrancó. Desde el retrovisor podía ver aún a la peruana agarrada de los pelos de la mujer del carricoche y a la rubia oxigenada tirada en medio del suelo bañando en lágrimas el cuerpo sin vida del caniche.
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jueves 17 de abril de 2008
Charito
Engalanada con sus mejores atavíos, Charito entró por la puerta del hospital a las 8:45, como cada mañana.
Una sombra grisácea de polvo de maquillaje le cubría las cejas hasta casi llegar a la frente. Su mirada estaba enmarcada por una raya asimétrica que dibujaba su contorno, y el lápiz de labios se le desconchaba, manchándole los dientes, que habían adquirido una tonalidad entremezclada de amarillo nicotina y rojo delirio. Las pieles del abrigo de bisón le caían sucias sobre las caderas, de donde asomaba una falda de seda deslucida por el tiempo. Sumando a todo esto los innumerables abalorios que le colgaban de cada una de las extremidades, le daban a la señora un aspecto ciertamente peculiar, con el que, sin reparos, se paseaba de un lado a otro por todo el hospital. Abría las puertas de par en par, con las dos manos, y a ritmo de tacón marchaba rítmicamente por la entrada principal del Gómez Ulla meneando las caderas, a la vez que se encendía un pitillo y mordisqueaba violentamente el filtro del mismo.
La gente con la que se topaba a su paso no daba crédito a Charito: a su extraña pose apoyada en la pared, golpeándola con los tacones, a la mueca de demencia desencajada de su cara, a su mirada perdida.
Cuando sumida en la tristeza y añoranza por un marido militar muerto años atrás empezó a vagar como alma en pena por los pasillos del hospital, Charito intentó cubrir su vacío cubriendo su cuerpo con todo lo de valor que tenía, y poco a poco fue perdiéndose por las entrañas del sanatorio hasta que lo que finalmente se le perdió fue la cabeza.
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Etiquetas: locura, reflexiones, relatos
miércoles 16 de abril de 2008
La soledad del difunto
Para cuando llegó el chico, en medio de la madrugada, la mitad de su cuerpo estaba destrozado. Según me contó Sergio, había tenido un brutal accidente de moto, y los cirujanos, aún sabiendo que poco podía hacerse por él, decidieron intervenirle, por hacer todo lo que se pudiese por su vida. Después de la operación le trasladaron a una de las habitaciones de la U.C.I. Sus familiares no esperaba en la puerta, porque el chico era extranjero y no tenía nadie aquí.
Al día siguente, a la misma hora en que entró en mitad de la noche, el chico finalmente murió.
Mientras el médico que estaba de guardia preparaba todos los papeles, decidieron postponer momentáneamente su traslado al mortuorio hasta unas horas después, y se retiró a la sala de las enfermeras, dejándo al rostro inerte del chico cubierto por una de las sábanas de la habitación.
Se encontraba redactando su parte de defunción cuando, de pronto, comenzó a sonar un pitido, y alzando la vista pudo ver que alguien había llamado a través de un pulsador. Alguien desde la misma habitación donde se encontraba el chico que acababa de morir. Decidió no hacer caso y pensar que la alarma estaba estropeada, y ciertamente, tras un rato paró. Siguió redactando. Y de pronto, nuevamente, desde la habitación del chico muerto el pulsador volvió a sonar. Me contó Sergio que se pasó así buena parte de la noche, parando y sonando, y nadie se atrevió a volver a entrar a la habitación, hasta que se hizo de día y el hospital, de nuevo, se había llenado de voces que tapaban la solitaria angustia del pobre muchacho muerto.
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Etiquetas: reflexiones, relatos, terror
jueves 10 de abril de 2008
Accidente en mitad de la noche
Me contó mi hermana que le despertó un golpe seco en mitad de la noche.
Aquellos días mi abuela andaba un poco enferma, y esa noche en particular se había quedado con ella para hacerle compañía. Insistió en dormir en su cama, las dos juntas, por si necesitaba de su ayuda para algo durante la madrugada, pero mi abuela le dijo que prefería dormir sola.
Con el corazón saliéndosele por la boca se calzó las zapatillas y, a tientas, comenzó a andar por la oscuridad de la habitación dirigida hacia el baño, de donde creyó que había procedido el ruido. Por entre la puerta escapaba una tenue luz, y entornándola lentamente se encontró con el cuerpo de mi abuela inmóvil sobre el suelo. Bajo su cara, estrellada contra el piso, se había formado un charco de sangre.
Mi hermana corrió hacia el teléfono, y marcando casi sin ver los números respondió una voz adormilada: ¡¡mamá, mamá!! La voz permaneció un momento en silencio, intentando identificar al interlocutor. Después tembló contra el auricular: ¡¿qué pasa, hija?!. No era la voz de mi madre. Uy... creo que me he equivocado. Y mi hermana colgó.
Me imagino la cara de horror con que se quedó aquella mujer, atónita y con el teléfono bramándole entre las manos... beep, beep, beep, beep...
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